La Tertulia Inexplicable. El Misterio de la Playa de Somertón.
LA INEXPLICABLE HISTORIA EN LA PLAYA SOMERTÓN
¿Ya escuchaste lo que pasó en la playa de Somerton? Algo inexplicable, mira, te voy a contar porque parece una novela de espías, pero pasó de verdad. Imagínate: Australia, 1948. Amaneció un hombre muerto en la arena, muy bien vestido, con traje, corbata, zapatos lustrados, como si hubiera salido de una fiesta elegante. Pero aquí viene lo raro: no traía ni una sola identificación. Nada. Ni cartera, ni papeles, ni etiquetas en la ropa. Todo cortado o arrancado. O sea, ¿quién hace eso?
La policía llegó y claro, todos pensaron que sería fácil: un borrachito que se pasó de copas y se quedó ahí. Pero no. El tipo estaba impecable, como recién planchado. Lo buscaron en todos los registros: desaparecidos, criminales, viajeros. Nadie lo conocía. Era como si se hubiera materializado en la arena. Y ahí empezó el chisme fuerte.
Primero, los rumores: que era un espía ruso, que había venido de Inglaterra, que lo habían mandado a callar. Y luego, lo que encontraron en su bolsillo secreto: un papel chiquitito, doblado como origami, que decía Tamam Shud. ¿Qué es eso?, dirás. Pues resulta que son las últimas palabras de un libro de poesía persa rarísimo: El Rubaiyat de Omar Khayyam. Significa “terminado” o “acabado”. Dime si no suena a mensaje mafioso: “fin de la historia”.
Obvio, la policía se quedó helada. ¿Qué hacía un pedacito de ese libro en el pantalón de un muerto sin nombre? Se pusieron a buscar como locos y, semanas después, encontraron el libro del que arrancaron esa página. Y aquí va lo más escalofriante: en la contraportada había un código escrito a mano. Letras y símbolos sin sentido, como una clave secreta. Los mejores criptógrafos del mundo lo intentaron resolver —los mismos que habían trabajado en la Segunda Guerra Mundial descifrando mensajes nazis— y nada. Hasta hoy, nadie sabe qué dice ese mensaje.
Y claro, empezaron los dimes y diretes. Que el hombre era parte de un servicio secreto, que el código eran instrucciones, que lo envenenaron con un tóxico tan raro que los médicos nunca pudieron identificarlo. Porque sí, en la autopsia vieron señales de veneno, pero nada coincidía con lo conocido. Misterio total.
Ah, pero falta lo más novelero. Resulta que en el libro hallaron un número de teléfono. Y cuando rastrearon a quién pertenecía, llegaron a la casa de una mujer que vivía muy cerca de la playa. Se llamaba Jessica, una enfermera. Cuando la policía le mostró la cara del hombre muerto, cuentan que casi se desmaya, pero luego dijo que no lo conocía. Ajá, sí, cómo no. Y más raro: en su casa había otra copia del mismo libro de poemas. ¿Coincidencia? No lo creo.
Algunos dicen que Jessica lo conoció durante la guerra, que tuvieron un romance, y que el muerto podría haber sido el verdadero padre de su hijo. Otros aseguran que ella estaba metida en asuntos de inteligencia, y que el hombre era un espía caído en desgracia. Todo eso quedó en rumores, porque oficialmente nunca confesó nada. Murió llevándose su secreto a la tumba.
Mira, el caso quedó tan famoso que todavía hoy lo llaman el misterio de Somerton Man. Setenta y cinco años han pasado y sigue sin resolverse. El código sigue sin descifrar, nadie sabe la identidad del hombre, y lo único cierto es que su muerte parece escrita por un guionista de cine negro. Y lo más escalofriante: si era un espía, si llevaba un mensaje encriptado, si lo envenenaron con un tóxico indetectable… quiere decir que todo eso sigue siendo un secreto bien guardado.
Así que cada vez que alguien camina por la playa de Somerton, te juro que se acuerda de ese hombre de traje impecable que apareció muerto como caído del cielo, con un papelito que decía Tamam Shud: “terminado”. Y el verdadero final, hasta hoy, nadie lo conoce.
