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Paranormal: El Poltergeist de Enfield (Londres, 1977)

Me llamo Janet Hodgson, y tenía once años cuando mi vida —y la de mi familia— cambió para siempre en aquella pequeña casa del número 284 de Green Street, en Enfield, Londres, en 1977. Lo que voy a contar no es una historia inventada ni un simple rumor. Lo vivimos mi madre, Peggy, mi hermana Margaret, y mis hermanos Johnny y Billy. Un suceso paranormal.

Todo comenzó una noche cualquiera. Mi hermana y yo estábamos acostadas cuando oímos un ruido seco, como si algo pesado se deslizara por el suelo. Miramos y vimos que un mueble se había movido solo. Pensamos que tal vez una corriente de aire o una tabla suelta del piso lo había hecho, pero pronto nos dimos cuenta de que aquello no era normal. Los ruidos se repitieron. Eran golpes en las paredes, pasos que venían del pasillo cuando nadie estaba allí, y una sensación de frío helado que recorría la casa incluso con las ventanas cerradas.

Una madrugada me desperté con la clara sensación de que alguien me sujetaba del brazo. Abrí los ojos, y no había nadie. Corrí a la habitación de mi madre gritando. Ella trató de calmarnos, pero cuando las cosas comenzaron a moverse delante de ella, también se asustó. En pocos días, los objetos volaban por el aire, las sillas se arrastraban solas, y los juguetes parecían cobrar vida.

Los vecinos fueron testigos de los sucesos y llamaron a la policía. Una agente declaró haber visto una silla deslizarse por el suelo sin que nadie la tocara. Era imposible negarlo. Entonces mi madre decidió pedir ayuda a la Society for Psychical Research (SPR), una organización dedicada a estudiar fenómenos paranormales.

A nuestra casa llegaron los investigadores Maurice Grosse y Guy Lyon Playfair, quienes pasaron meses con nosotros. Instalaron grabadoras, cámaras y micrófonos. En las cintas se registraron ruidos inexplicables, voces profundas que parecían salir de mi garganta pero no eran mías, y golpes rítmicos que contestaban preguntas. Algunas fotografías mostraban objetos suspendidos en el aire o a mí siendo lanzada desde la cama.

La prensa se enteró y la casa se llenó de reporteros. Algunos se burlaron, otros salieron pálidos. Recuerdo a un fotógrafo que, después de ver cómo una pieza de Lego volaba y lo golpeaba en la frente, se marchó sin decir una palabra. Desde ese momento, la casa de Enfield se convirtió en el epicentro del caso paranormal más documentado del Reino Unido.

Pero la fama no trajo alivio. En el colegio me señalaban como “la niña poseída”. Mi madre, agotada, intentaba mantener la calma mientras los fenómenos se intensificaban. Hubo noches en que las camas temblaban, las puertas se azotaban, y las voces decían cosas horribles. Aquello no era solo miedo: era desesperación.

Con el tiempo, las manifestaciones fueron disminuyendo. Algunos investigadores aseguraron que se trataba de un auténtico poltergeist; otros, más escépticos, lo atribuyeron a una mezcla de estrés, manipulación infantil y sugestión colectiva. Años después, yo misma reconocí que, en ocasiones, mis hermanos y yo fingimos ciertos sucesos. Lo hicimos para probar si los investigadores se daban cuenta, pero eso no explica lo que realmente ocurrió.

Ellos grabaron cientos de horas de audio con ruidos, voces y fenómenos que nosotros no pudimos causar. No todo fue invención. Muchos de los que estuvieron allí —periodistas, policías, investigadores— aseguraron haber visto cosas que desafiaban toda lógica.

Hoy, mirando atrás, sé que algo extraño ocurrió en esa casa. No puedo explicarlo, pero lo sentí. El aire pesaba distinto, las paredes parecían respirar, y la oscuridad tenía ojos. Algunos dicen que fue un montaje, otros hablan de histeria colectiva. Yo solo sé que viví con algo que no podía ver, pero que sí podía sentir. Y aunque la vida siguió, cada vez que escucho un golpe en la noche, algo dentro de mí recuerda… que el poltergeist de Enfield sigue vivo, al menos en mi memoria.


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