“Tertulia Paranormal: La experiencia en Teotihuacán”
“Tertulia Paranormal: La experiencia en Teotihuacán”
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En esta primera entrega de la sección Tertulia Paranormal, se presenta el testimonio de Eduardo y Fernando, dos profesionales de la salud —fisioterapeutas— que vivieron una experiencia difícil de explicar durante un campamento cercano a Teotihuacán, en el Estado de México. Lo que comenzó como una convivencia cotidiana entre compañeros de entrenamiento se transformó en una serie de घटनos que, hasta el día de hoy, ambos consideran fuera de toda lógica racional.
El contexto inicial era aparentemente normal: un campamento con un boxeador, en una especie de casa de descanso aislada, rodeada de naturaleza y sin presencia de otras construcciones cercanas. Sin embargo, desde su llegada, algunos detalles comenzaron a generar inquietud. En particular, uno de los cuartos presentaba una inusual cantidad de moscas, acumuladas en el techo, sin una explicación evidente. A esto se sumaban relatos de ruidos nocturnos: gritos, risas, y movimientos en los árboles cercanos, en un entorno donde no había vecinos ni tránsito que justificara tales sonidos.
Fue en ese ambiente que surgió la propuesta de realizar un juego conocido como “el péndulo humano”. Este consiste en formar un círculo de personas tomadas de las manos, mientras una se coloca en el centro con los ojos cerrados. A través de movimientos del cuerpo, se establecen respuestas de “sí” o “no”, con la intención de comunicarse con alguna entidad. Aunque al inicio se percibía como un juego, la dinámica tomó un giro inesperado cuando uno de los participantes, quien afirmaba canalizar la energía de una figura histórica —Pancho Villa—, comenzó a guiar la sesión.
Fernando fue elegido como el “receptor”, es decir, la persona en el centro del círculo. En un principio, él mismo admite que no tomaba en serio la actividad. Sin embargo, conforme avanzaba la sesión, comenzó a experimentar sensaciones físicas intensas: un frío extremo, una presión en la espalda, y la sensación de ser tocado o incluso elevado. Posteriormente, su memoria se interrumpe. No recuerda con claridad lo sucedido durante ese periodo.
Por su parte, Eduardo, quien permanecía dentro del círculo, relata haber percibido cambios notables en el ambiente y en las personas. La respiración del guía cambió drásticamente, volviéndose más profunda y forzada. Además, al tomar la mano de Fernando, notó una textura distinta, como si no fuera la misma persona. La tensión en el grupo aumentó cuando comenzaron a realizar preguntas, obteniendo respuestas que sugerían la presencia de una entidad en el lugar.
Durante la sesión, se mencionó que había “alguien” en el cuarto donde se hospedaban, y que esa presencia estaba relacionada con los fenómenos observados, como las moscas y los ruidos. La situación escaló cuando Fernando entró en un estado alterado: sudor excesivo, pupilas dilatadas y un evidente agotamiento físico. Al terminar, expresó no recordar lo ocurrido, pero sí sentirse profundamente afectado.
Al día siguiente, ocurrió un hecho que marcó a todos los presentes. Sin haber compartido detalles previos, la hija del cuidador del lugar comentó durante una comida que, años atrás, se había encontrado el cuerpo de un niño en la zona, y que su nombre era Miguel. Este dato coincidía con lo que supuestamente se había manifestado durante la sesión, lo cual generó un fuerte impacto emocional en el grupo.
A pesar del miedo, algunos decidieron repetir el ritual para “cerrar el péndulo”. En esta segunda sesión, las manifestaciones fueron más intensas. Se describió la presencia de múltiples entidades, incluyendo una figura que afirmaba ser el antiguo dueño de las tierras, molesto por la presencia de personas en el lugar. También se mencionó la aparición de un niño, nuevamente identificado como Miguel, lo que reforzó la conexión con el relato previo.
Durante estas sesiones, Fernando volvió a perder el control de su cuerpo en distintos momentos. Según los testimonios, hablaba con voces o actitudes distintas, mostraba emociones intensas como llanto profundo, y transmitía mensajes que parecían tener información personal de los presentes. Uno de los momentos más impactantes fue cuando, al interactuar con una de las participantes (la chef del grupo), surgieron datos sobre un familiar fallecido, incluyendo detalles que, según ella, nadie más conocía.
Después de estos घटनos, el ambiente se tornó aún más tenso. Se reportaron comportamientos extraños durante la noche, como rechinido de dientes extremadamente fuerte, movimientos involuntarios y sensaciones de miedo constante. Eduardo, por ejemplo, decidió abandonar la habitación por temor a lo que pudiera suceder.
Como medida de protección, el guía entregó a algunos participantes piedras negras, que supuestamente funcionaban como amuletos energéticos. Sin embargo, las secuelas no terminaron ahí. Tanto Eduardo como Fernando afirman haber experimentado cambios posteriores: mayor sensibilidad a las emociones de otras personas, sensaciones físicas inexplicables y sueños recurrentes relacionados con lo vivido.
Fernando, en particular, relata experiencias adicionales fuera del campamento, como episodios durante prácticas de sanación energética (reiki), donde volvió a perder el control momentáneamente, o situaciones en su trabajo donde sentía cargas emocionales ajenas de manera física.
A raíz de todo esto, surge una reflexión central: la posibilidad de que ciertas personas tengan una mayor sensibilidad o apertura hacia este tipo de fenómenos, y el riesgo que implica involucrarse en prácticas sin conocimiento o preparación adecuada. Ambos coinciden en que lo vivido cambió su percepción del mundo, llevándolos de una postura escéptica a una más abierta, aunque también más cautelosa.
Finalmente, el programa cierra con la invitación a seguir explorando estos temas en futuras entregas, reconociendo que, más allá de la explicación que cada quien quiera darle —paranormal, psicológica o energética—, la experiencia dejó una huella profunda en quienes la vivieron.
